10/09/2012

Monasterio de San Juan de la Peña. Aragón. España

 
 

 
 Una vez más la naturaleza se una al arte románico para crear ambientes de gran impresión plástica y ecológica. Ahora no se trata de un monasterio milenario en el fondo de un valle frondoso, como lo es el de Silos en el del Tabladillo, ni del monasterio de Leyre, al pie de una sierra pirenaica del mismo nombre. El monasterio de San Juan de la Peña nace de las mismas entrañas de un gran peñasco, que da nombre al propio cenobio, que se encuentra en el valle oscense de Atarés, en el noroeste de Aragón. La forma en que se produce su alumbramiento da la impresión de que nace del seno de la propia roca en forma de belleza románica, antes mozárabe. Su rara instalación produce en el visitante el asombro de tales formas cobijadas de inusual modo, y una sensación idílica que cuesta abandonar.

En esta simbiosis de naturaleza y religión no es nada extraño que surjan leyendas antiguas, que el pueblo y la fe dieron como verdaderas, y que de ese modo lograron justificación en el mundo del arte y de la Historia. Es así como nace la leyenda de la existencia de  dos jóvenes, Voto y Félix. aficionados a la caza. Un día Voto corrió en persecución de un ciervo, que se despeñó por el acantilado en su huida. Después del suceso percibió un sendero que conducía a una cueva que llegaba hasta una pequeña ermita. Allí encontró el cuerpo insepulto de un anciano ermitaño, Juan de Atarés. De vuelta a Zaragoza convenció a su hermano Félix para ocupar el lugar como ermitaños. La Crónica de San Juan refiere que muertos ambos otros dos hombres, Benedicto y Marthelo, ocuparon el vacío que habían dejado los anteriores.

La leyenda no está nada lejos de los mitos de hallazgos y apariciones que suelen confirmar las presencias de hombres santos, que con sus conductas ejemplarizaron a sus semejantes, y procuraron la instalación de un hábitat de estricta observancia ermitaña, como San Emiliano en San Millán de la Cogolla. Pero las leyendas son sólo una pequeña parte de la Historia, donde caben muchas más cosas que el rigor de los hechos relatados, porque el monasterio tiene una vida arqueológica e histórica perfectamente comprobable. En el caso de San Juan de la Peña esa vida artística está presente de forma palpable y contundente en los ámbitos de la iglesia mozárabe, el panteón nobiliar, la iglesia románica, y el claustro. Todo un conjunto histórico-artístico que hace de él una joya del patrimonio nacional.

La iglesia mozárabe. La construcción de la primera iglesia de San Juan de la Peña tiene que ver con el fenómeno de la Reconquista, y posterior Repoblación de la zona aragonesa. Es en ese momento cuando en el año 920 el conde de Aragón Galindo Aznárez II llega en su liberación hasta la sierra de San Juan de la Peña, fundando el monasterio mozárabe, que dedicó a los santos Julián y Basilisa. Lo que queda del monasterio es la iglesia de estilo mozárabe que se conserva en la parte baja del conjunto actual. Se trata de una edificación que hoy presenta un acceso y aspecto de tipo cueviforme, pero que en principio no debió ser así, ya que el aspecto actual de subterráneo es el que le proporciona la iglesia superior románica, que se construyó sobre ella. Es una construcción muy pequeña, de dos naves de bóvedas de cañón de aparejo de mampostería, con dos ábsides rectangulares con nicho central. Las naves están separadas por dos arcos de herradura, que se sostienen sobre una columna central, que parece más obra de reformas, que de la época mozárabe. El acceso a la iglesia se realiza a través de unas estancias abovedadas, que debieron ser habitáculos funcionales de los monjes que la habitaron. Al llegar al vestíbulo de la iglesia, hay que subir unos escalones de acceso para poder llegar a las dos naves. Los distintos arcos de herradura que posee, justifican su inclusión dentro del estilo mozárabe.

El estilo mozárabe puede entenderse como una consecuencia de la llegada de cristianos a los reinos del norte, que no estaban ocupados por los musulmanes. Las secuelas de las persecuciones que se realizan en tierras musulmanas sobre ellos, sus formas de vida y religión, les obligaron a emigrar. Al hacerlo se instalaron en tierras liberadas. Construyeron edificios con la influencia  y tendencia de las obras árabes, en la casi total ausencia de decoración interior, pero sobre todo adoptando el arco de herradura como pieza fundamental de sus estructuras. La mayor repercusión de esta Repoblación tuvo lugar en la cuenca del Duero, donde la pervivencia e importancia de los edificios hizo de esa zona la cuna del arte mozárabe, aún existiendo iglesias de ese tipo en todo el territorio norte peninsular, fuera del dominio musulmán.

Panteón nobiliar. Es parte de la iglesia superior. Se llega a él por una escalinata interior que nos deja ante un espacio abierto de planta rectangular, frente al muro norte de la iglesia románica. En el lado izquierdo hay dos hileras de sepulcros con decoración de arquivoltas y abilletado de tres filas, que en el piso superior se ven coronados por una imposta del mismo tipo. Las tapas de los sepulcros están decoradas, muchas de ellas, con el crismón simbólico del nombre de Cristo, y una con la característica medieval de la elevatio animae, elevación del alma, que representa al alma del difunto, aquí con forma corporal en mandarla mística, siendo llevada al cielo por dos ángeles. Tema funerario de amplia representación en el arte románico. La parte inferior tiene una curiosa representación de una Epifanía. Los personajes enterrados son ilustres personajes nobiliarios del Reino de Aragón, así como caballeros y abades, desde finales del siglo XI hasta el XIV.

La iglesia románica. Empezada por el rey de Aragón Sancho Ramírez (ca. 1043- 1094). Consagrada por su hijo Pedro I en 1094. Se accede a ella desde el panteón nobiliar por dos estrechas puertas con arcos de medio punto. Su interior llama poderosamente la atención, debido a las muchas excepcionalidades que en ella concurren. La primera de ellas es que la mitad de la bóveda de la nave es parte de la roca del conjunto. Otra es que su cabecera, formada por tres ábsides, con tramo recto de bóveda de cañón, y semicircular de bóveda de un cuarto de esfera, no se prolongue en las tres naves que corresponde al modelo común, formando una iglesia de planta basilical. A partir de la bóveda rocosa se desarrollan tres tramos de nave, con bóveda de cañón, de aparejo completamente desigual, que se apoya en dos arcos fajones que se apean en gruesas pilastras. Los muros interiores de la nave están formados por arquerías diferentes en sus dos tramos de modo, ya que en la primera los arcos son desiguales, no siendo así en el segundo. El efecto plástico de los tres ábsides impacta al espectador por el buen empaste de la obra, y la armonía del conjunto, basado en arquerías ciegas en el interior, con capiteles vegetales de muy tosca figuración. Ese efecto referido se constata también en la unión de los ábsides por medio de puertas que los conectan, pasando así a ser un conjunto único muy bien desarrollado. La iluminación de la nave esta realizada por amplios ventanales que se  incrustan en la fachada principal, habiendo dudas de la originalidad de todo el conjunto. Por la cronología en que se consagra la obra se encuadra dentro del estilo románico denominado Segundo Arte Románico, o Románico Pleno (1075-1150), debido a la plenitud de las formas de carácter que en ella se concretan.

El Claustro. Al claustro se entra desde la iglesia por una puerta mozárabe de arco de herradura, que se trasladó allí desde la iglesia baja. En el arco tiene una inscripción medieval que invita a traspasarla como medio para entrar en el cielo al cumplir los mandamientos de Dios. Después aparece el claustro con varias excepcionalidades. La primera de ellas es que es rectangular, sin ningún atisbo de forma cuadrada, como es norma común. La segunda que sus alas carecen de tejado, porque está a cubierto de la gran peña que lo cobija. La tercera, que es más común, es que no está entero, le faltan alas enteras y buena parte de otras. Lo que hay se levanta sobre un ligero podio, donde se apean las columnas, alternando las de fustes simples con las de dobles. Los capiteles se ajustan de esta manera ostentado mayor o menor tamaño. Los arcos de medio punto están adornados por una chambrana de billetes, que se apoyan en pequeñas columnillas, que unas veces son simples y otras dobles.

Los capiteles son la joya de todo el conjunto arqueológico del monasterio de San Juan de la Peña. Los que quedan están repartidos en ciclos, que empiezan por escenas del Génesis, para continuar con los de la infancia de Jesús, seguir con los de su vida pública. Hay otros de diversos temas, que no pertenecen al primer taller del claustro, que tienen una filiación y decoración más acorde con los estereotipos del momento, sin tanta diferencia compositiva y escultórica. La cronología de los primeros no se corresponde con la de la iglesia, sino posterior, en torno a la segunda mitad del siglo XII. Lo que más llama la atención es un estilo personalizado, que ha llevado a denominar al autor con el nombre de “Maestro de San Juan de la Peña”. Posee unas características especiales de talla que hacen únicas sus esculturas, tratando las imágenes corpóreas con cánones personales, donde las cabezas son grandes, haciendo las figuras más cortas de lo común, así como un tratamiento individual de los ojos, en grandes protuberancias de tipo búdico. Las vestimentas tienen una representación semejante a la pintura de la época, con grandes señalamientos de estrías que parecen recordar a las formas musculares que cobijan. Estas específicas circunstancias se repetirán en otras obras de la zona, sobresaliendo lo que se ha considerado una copia fiel, el claustro de San Pedro el Viejo en Huesca. Hay después obras menores que repiten los modelos conseguidos. Ciertamente está en discusión si todas ellas son obra del Maestro de San Juan de la Peña, o si por el contrario fue él promotor de un estilo, que se afianzó en el tiempo, forma y geografía cercana. Sea como fuere, es una representación excepcional de comprender la escultura que no se volvió a repetir, si no es en la zona aragonesa en la que nació.

Francisco Javier Ocaña Eiroa

Sierra de San Juan de la Peña, y enclave del monasterio

Monasterio de San Juan de la Peña




Fachada del monasterio mozárabe (inferior), y románico (superior)

Planimetría del monasterio.

 Estancias subterráneas de la iglesia mozárabe.






Sección de la iglesia mozárabe (inferior), y de la románica (superior).

 

Planimetría de la iglesia mozárabe


Naves de la iglesia mozárabe.
 






Arcos de herradura de separación de las naves.
 
Ábside de la iglesia mozárabe.
 
Columna de separación de los arcos de herradura.
 
Pinturas murales románicas en las bóvedas de los ábsides mozárabes.
 






Panteón nobiliar en el lado norte de la iglesia románica.



Tumbas nobiliarias.














Puerta de entrada a la iglesia románica desde el panteón nobiliar.




Interior de la iglesia románica.








Ábside central.







Ábsides laterales.




Muros interiores de la nave románica.
 














Puerta mozárabe trasladada al muro sur de la iglesia románica.
Inscripción:   PORTA PER HANC CAELI FIT PERVIA CVIQUE FIDELI +  SI STVDEAD FIDELI IVNGERE IVSSA DEI.

Inscripción: LA PUERTA DEL CIELO SE ABRE, A TRAVÉS DE ÉSTA, A CUALQUIER FIEL, SI SE APLICA A UNIR A LA FE LOS MANDAMIENTOS DE DIOS. 
 
Ubicación del claustro románico en el lado sur de la iglesia.









Fotografía, A. García Omedes.
Arquerías y capiteles del claustro románico.












Adán expulsado del Paraíso.













Adán arando la tierra, y ofrenda de Abel.
















Escena de violencia (Caín y Abel ?), y los Magos ante Herodes.
 


















El sueño de José.



















Anunciación, y visita de María a su prima Isabel.
 












Las bodas de Cana.
 












La Última Cena. Judas, Cristo, San Juan.













Resurrección de Lázaro.













Apóstol.

Apóstol sentado de la Ultima Cena.






















































































 















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